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Cine en conversación

Coordina: Gustavo Restrepo

Día: Viernes. Hora: 6:15 p.m.

Periodicidad: Quincenal

Lugar: Sede CorpoZuleta. Calle 46 N° 70A-60

Entrada libre

Próximo ciclo: Jonas Mekas, cantos sobre la belleza de la creación

 

Ciclos anteriores

2019

Las otras películas de Bernardo Bertolucci

2018

Descubriendo seres de cine, Kenji Mizoguchi

Ellas: una íntima mirada al mundo

Cine MADE IN CHINA

2017

Manoel de Oliveira: la lucidez y la duda del lusitano

Cien años de la revolución rusa

¿Y quién no le debe a Kurosawa? II

Ciclo: "Año del cine ruso"

Sábado 8 de noviembre de 2014, Hora: 5:00 pm.

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Sacrificio

Andréi Tarkovski (1983)

Ir a la memoria de la sesión.

Con esta película cerramos la muestra de la obra cinematográfica completa del director que ha sido eje transversal del ciclo de cine ruso que hemos venido realizando durante todo este año. Esta fue la última película que este singular y reflexivo director pudo realizar.

De nuevo, como en las demás películas de Tarkovsky, los interrogantes estarán puestos sobre el ser humano y su manera de hacer una existencia; sobre el lugar que da en su cotidianidad a los asuntos que no puede explicar, sobre su postura ante ellos; sobre el amor, la espiritualidad, el arte, la muerte, la memoria, los sueños...

Por última vez tendremos la oportunidad en este espacio y en este año de asombrarnos, emocionarnos, confundirnos, conmovernos e inquietarnos ante la visión del mundo y del ser humano que este particular y sensible hombre logró construir en el tiempo que tuvo de vida.

“En estos últimos tiempos he tenido muchas ocasiones de hablar con mis espectadores. Y muchas veces he tenido que percatarme de su escepticismo frente a mis afirmaciones de que en mis películas no hay ningún símbolo o metáfora. Muy a menudo, incluso con apasionamiento, se me pregunta por el significado de la lluvia. Por qué aparece en todas las películas. Y por qué aparece siempre el viento, el fuego y el agua. Preguntas de este tipo me confunden.

Se podría decir que los aguaceros son característicos de la región en que me crié. En Rusia hay largas temporadas de lluvia que despiertan la nostalgia. Y también se podría decir que a mí no me gusta la gran ciudad, sino la naturaleza, y que me siento extraordinariamente a gusto cada vez que me alejo de los logros de la civilización moderna y voy a mi casa de campo, alejada más de trescientos kilómetros de Moscú. La lluvia, con el fuego, el agua, la nieve, la escarcha y los campos son elementos del ambiente material en que vivimos, son —si se quiere— una verdad de la vida. Por eso me afecta cuando me entero de que las personas, en vez de disfrutar sencillamente de esa naturaleza que se ha incorporado a las imágenes, van buscando en ella un sentido oculto. En la lluvia se puede ver, sin más, mal tiempo, mientras que yo lo utilizo de una forma determinada, como un ambiente estético, que marca el desarrollo de la acción. Pero eso no significa —ni mucho menos— que en mis películas la naturaleza sea símbolo de algo. [...]

[...]Y el único motivo es muy simple: en la pantalla, yo quiero mostrar de la forma más perfecta posible mi propio mundo ideal, tal como yo mismo lo siento y lo percibo. No escondo ante el espectador intenciones especiales ni me dedico a jugar con él. Le muestro el mundo tal como a mí me parece, en su máxima expresividad y precisión. Tal como expresa, de la forma más perfecta posible, el sentido no perceptible de nuestra existencia.” *

Juan Sebastián Gutiérrez Gómez

*Fragmento de “Esculpir en el tiempo” acerca de Nostalgia, Andrei Tarkovski.

 


Memoria de la sesión.

Cine en conversación, sesión noviembre 8 de 2014

Ciclo: "Año del cine ruso"

Película: Sacrificio.

Dirección: Andréi Tarkovski.

Año: 1983.

Dimos cierre al homenaje rendido durante el año a este grande de la cinematografía, con la cinta “Sacrificio”, rodada por Tarkovski a sólo unos meses de su muerte. Una parábola sobre la angustia del hombre frente a un mundo falto de espiritualidad, sumergido en una especie de idolatría en torno a la racionalidad y a la tecnología; un grito desesperado ante la ausencia de reflexión sobre lo que significa el ser humano. Alexander  es un periodista quien, en la madurez de su vida y cuando celebra un cumpleaños más, confirma sus temores sobre la capacidad de autodestrucción del hombre contemporáneo al escuchar en un noticiero el inicio de una guerra nuclear. El desastre y la hecatombe final están por tocar a su puerta. En ese momento trágico le acompañan su esposa, sus dos hijos, el menor de los cuales ha perdido la voz, un médico amigo y Otto, el cartero, extraño personaje quien lo insta a hacer el amor con una de sus criadas quien, según él, es una bruja buena, acto mediante el cual salvaría a la humanidad.

Una película lenta, de largos planos, con silencios pesantes que parecen caer como un manto sobre los protagonistas; silencio que ya ha hecho presencia en el pequeño hijo del periodista arrebatándole la voz;  él es el receptor de los largos monólogos que su padre protagoniza y a través de los cuales aprende del tesón, de la disciplina, de la lucha infatigable necesaria para proteger la naturaleza; de sus labios conoce también la historia de aquel monje que  durante siete años regó con insistencia un árbol seco, plantado sin raíz, pero que gracias a su constancia, un día floreció.

En el fondo de la historia yace la pregunta por el propio fracaso en el empeño de dar un significado a nuestra vida. ¿Y es que, quién no se ha visto asaltado en algún momento por esa sensación de desánimo, de vacuidad? Frente al derrumbe de algún ideal, al resquebrajamiento de una verdad hasta entonces inamovible nos vemos arrojados al vacío. ¿Qué hacer en ese mundo caótico?  Se hace entonces evidente la necesidad de aferrarse a algo que nos dé un piso firme sobre el cual transitar por la vida, la fe en algo, ¿pero, en qué depositar nuestra fe? Ante la desesperanza, frente a ese panorama desolador, hay quienes buscan una respuesta por fuera de la realidad, como parece hacerlo Otto, el curioso coleccionista de eventos inexplicables que parecen tener respuesta en fuerzas ocultas para la mayoría de los hombres, pero que por una extraña concesión son accesibles a determinados personajes; es él quien empuja a Alexander a ese acto sacrificial con su criada para evitar la inminente catástrofe.

Y frente a esta perspectiva terrible de la nada, para no sucumbir al nihilismo, se erige el Arte como el único medio capaz de rescatarnos del vacío, de sacar lo mejor del ser humano, convirtiendo entonces cada obra de arte en sublime regalo a la humanidad, sí sublime, como lo es ese “Señor, ten piedad de mí” de Johan Sebastian Bach, que suena al fondo durante varios segmentos de la película, o las magníficas representaciones pictóricas que el periodista disfruta en un libro.

Sin embargo, no todo es pesimismo en Tarkovski; en medio de ese desolador panorama hay destellos de esperanza; tras la imagen de aquel árbol mustio, casi exánime, que gracias al empeño de su protector, súbitamente un día  opera el milagro de  florecer, tras la del chico que al final de la película recupera la palabra, hay atisbos de fe en la capacidad del hombre de reorientar sus pasos hacia un humanismo que nos arranque de la tiranía del desmedido culto a la razón y la Ciencia.

Lo que sí queda claro es que de no encontrar una salida a nuestra tragedia, de sucumbir ante la desesperanza, si todo ideal ha escapado, sólo resta la destrucción total, el arrasar con todo aquello que nos ha acompañado; no quedará más alternativa que la locura o nuestra propia destrucción.

En el aire queda la pregunta por el “misterio”, por lo inescrutable y cuya presencia no es posible negar. ¿Qué hacer frente a él? ¿Qué pasa con mi vida cuando doy entrada a fórmulas mágicas para explicar su ocurrencia? O como decía Kant, ¿debo aceptar que existen hechos que por ahora escapan a nuestra razón?

Para destacar, el trabajo de Sven Nykvist, el tradicional camarógrafo de Bergman, quien dicho sea de paso, tuvo que admitir la continua injerencia de Tarkovski en su trabajo;  las tonalidades que se alternan entre el color y algo similar al blanco y negro, complementan perfectamente el dramatismo de las escenas, a la vez que en algunos momentos propicia una atmósfera onírica, como cuando la cama en que yacen Alex y María levita. Los largos planos, la locación casi exclusiva en la casa de la familia y sin recurrir a primeros planos, implican un cuidadoso movimiento de cámaras.  Hay cierta atemporalidad en la historia, aunque realmente todo parece ocurrir en un día.

Y acompañando las secuencias fílmicas, la naturaleza, tan entrañable para Tarkovski, adquiere voz propia a través del sonido de los pájaros, el rumor del agua o el soplar del  viento; también la música de Bach o las notas orientales de una flauta, tienen un papel importante que contrasta con el súbito ruido de los aviones de guerra o la voz que en la televisión avisa sobre el desencadenamiento de la tercera guerra mundial.

Al final, nos queda el convencimiento de que no todo queda dicho alrededor de la obra de Tarkovski. Será necesario volver a sus películas, cantera inagotable, para explorar las honduras del ser humano.

Beatriz Florez.

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