Película: La eternidad y un día

Director: Theo Angelópolus

Año: 1998

Anna,  no iré al hospital. No iré. No iré. Quiero proyectos para el mañana. El desconocido responderá con la misma música. Siempre habrá alguien para venderme palabras. Mañana. ¿Qué es el mañana?  Un día te pregunté: ''¿Cuánto dura el mañana?'' Y me respondiste. La eternidad y un día.

Parece que esa eternidad y a un día es a lo que asistimos. Son las últimas horas de Alexándros, un poeta griego quien ha pasado su existencia atento a su oficio de escritor; sin embargo encuentra algo extraño a sí mismo. Así es como, casi que de repente y tal si fuese una de las últimas oportunidades que tiene para volver a sus recuerdos, en las cartas de Anna, su esposa ya fallecida, él descubre el amor que ella tanto le prodigó mientras él se concentraba más en sus ocupaciones. Pero quizás en la vida, incluso a punto de expirar, nos alcanza a cada uno de nosotros un último desconcierto, una última sorpresa. Entonces Alexándros por azar encuentra a un pequeño inmigrante albanés, un chiquillo que sufre las injusticias del exilio cuando apenas si sabe en qué mundo ha nacido, el mismo chiquillo que le venderá palabras conseguidas junto al inmenso mar. Entre el poeta y el niño se forja una complicidad, un compañía y en Alexándros una última oportunidad de comprometerse con un ser ajeno, ya que no lo hizo del todo con su madre, su esposa ni con su hija. De la mano del niño y del viejo asistimos a un viaje, con dirección a la incertidumbre del futuro para uno y a la muerte para el otro. Quizás de eso se trata en definitiva la vida, de un viaje al que estamos lanzados con regreso a ninguna parte, a la nada, y acaso el único equipaje que podemos llevar antes de que se presenten ante nosotros las tinieblas son los esquivos recuerdos, aquéllos que nos traen irremediablemente una atmósfera de melancolía y soledad.

La eternidad y un día nos muestra a un hombre el cual de cierta manera representa a la humanidad. Observamos su viaje, acompañado del chiquillo inmigrante que viaja a otro futuro, sin embargo, continuamos con los protagonistas en ese presente, en ese día en que se cruzaron, en el que Alexándros mezcla su realidad con los recuerdos del pasado que llegan para darle una significación nueva a su vida. Mas ¿en el último momento qué se puede hacer? De ahí que cierta culpa y vergüenza rodean el espíritu de Alexándros. Acaso el niño es una oportunidad para resolver algo que no logró con los años: darle suficiente atención a las personas que lo amaban; aspecto llamativo, pues nos dice cómo entre dos generaciones distantes en el tiempo es posible dialogar y aprender.

Es destacable además la forma de la película: pausada, lenta, silenciosa, llena de situaciones que invitan al espectador a buscar un significado más profundo del aparente; encontramos escenas que por sí mismas lucen simbólicas y concentran gran cantidad de elementos que son susceptibles de interpretar sin agotarse: el hombre ante el mar, la frontera gris y nevada de dos países, un poeta que compra palabras, la celebración de un matrimonio que se detiene, el ritual de quemar las ropas de un compañero fallecido a manera de sepultura, el autobús en el que convergen el hombre viejo, el niño, el poeta del pasado, un joven de izquierda, una pareja de enamorados que terminan, un par de músicos… De esa manera La eternidad y un día es una película bien construida desde la forma y el contenido que nos pone de cara ante lo que es nuestra propia existencia, nuestros propios éxitos y fracasos a lo largo de una vida que se acaba y, finalmente como lo muestra el excelente guión, es una película que nos pone frente al dolor de intentar comprender nuestras propias preguntas.

¿Por qué, madre? ¿Por qué nada salió como esperábamos? ¿Por qué? ¿Por qué tenemos que pudrirnos indefensos entre el  dolor y el deseo? ¿Por qué he vivido en el exilio? ¿Por qué sólo regresaba cuando se me concedía la gracia de hablar mi lengua? Mi lengua. Cuando reencontraba palabras perdidas o extraía del silencio palabras olvidadas. ¿Por qué sólo entonces oía el eco de mis pasos? ¿Por qué? Dímelo, madre. ¿Por qué no supimos amar?

Eduardo Cano

Corporación Cultural ESTANISLAO ZULETA