Película: Paisaje en la nieba

 Director: Theo Angelópolus

 Año: 1988

A oscuras, y sin que se percate mamá, una voz infantil le cuenta a su hermanita la siguiente historia: "En el comienzo era el caos y después se hizo la luz. Y la luz se separa de las tinieblas y la tierra del mar. Y se formaron los ríos, los lagos y las montañas y después...la flor, y los árboles, los animales y los pájaros...

En el comienzo estaba Voula, una niña que sale, con su pequeño hermano, a un viaje incierto, en el cual encontrará la mentira, el amor y un infausto despertar sexual al lado de la carretera. Y en el comienzo estaba Alexandros, el inocente chiquillo, que va de la mano de Voula a través de la niebla, de Grecia, de las fronteras que aún no se puede explicar. Y en el comienzo eran dos niños que se suben a un tren con dirección a Alemania. Y Alemania se convierte para ellos en una meta, en una utopía, en el país en donde pueden encontrar la quimera en que se ha convertido su desconocido padre. Después del comienzo estaba Orestes, un joven aventurero, honesto y soñador, un teatrero errante, el apuesto chico que germina en Voula el primer germen del amor. Y después del comienzo estaban los actores que recorrían Grecia representando la misma obra, aquella en la que quizás a todos nos es dado salir en algún acto, y estaba el oficial del tren que le pidió el tiquete a los niños, y el tío indolente, y la gente detenida ante la nieve, y estaba el vulgar camionero que le robó la inocencia a Voula, y el militar que, confundido, le concedió los trescientos ochenta y cinco dracmas para que los niños lograran darle fin a su viaje. Y en el comienzo estaba el mar, infinito y eterno, estaba la niebla, inexplicable como siempre, y estaba el río que en su devenir nunca se detiene. Y después de aquel comienzo, ante los ojos de los niños se erigieron las ciudades que todavía nos devoran, y se sumergió en algún momento de la historia la colosal mano de una escultura de piedra a la que le falta el dedo índice, para volver a salir volando sobre las aguas; y, por último, después del aquel comienzo, o quizás antes del fin, estaba el cine, el arte que nos permite soñar, al igual que a Alexándros y a Voula, con un invisible árbol detrás de la niebla.

Después del final de Paisaje en la niebla, hubo un hombre, con barba, grueso y de cabello abundante, que preguntó qué hay detrás del índice extraviado, que recordó acerca de las fronteras, de los personajes exiliados, del tiempo, del pasado, del presente y del futuro, y sugirió que el índice faltante es la ausencia de una guía, de quien señale siquiera un rumbo; y a continuación una joven destacó la inquietante relación entre la escalera circular que sube a ninguna parte, el caracol girando en el vacío y los personajes absortos viendo cómo un helicóptero saca del océano la descomunal mano de piedra; y después otra participante observó, como si se repitiese en la conversación una antigua ceremonia, que todos los escenarios están en construcción, de ahí los edificios a medias, la tierra maltratada, las volquetas y los monstruos mecánicos que sugieren un progreso incierto sin muchas promesas de felicidad; y entonces otro dijo que en Paisaje en la niebla los seres humanos parecen tener más tiempo que las cosas, como si en ellos el tiempo se manifestara de manera diferente; y más adelante una bella mujer sugirió que lo importante es el viaje y no el destino, pues al fin y al cabo toda meta es de cierta forma una ficción, una abstracción que se concreta con los pasos, con el transitar las ciudades, con el frío y con la lluvia, con la alegría y la desdicha.

Y de nuevo volvemos a narrar como en el libro del Génesis el principio de la película: Y en el comienzo era el caos y después se hizo la luz… Y la luz se separa de las tinieblas y la tierra del mar… y en seguida Alexandros y Voula atravesaron la densa niebla y llegaron hasta el árbol para abrazarlo, para sentirse, al igual que las raíces, unidos por fin a una tierra. Y así finalmente recordamos esa enorme mano que salió del mar, a la cual el tiempo le ha cercenado un dedo, la misma que nos dejó incógnitas, la que parece el último despojo del primer dios que habitó el universo, la que se asemeja a la que extiende Adán en la hermosa pintura de Miguel Ángel, luego de que se separaran las tinieblas y que en el mundo ya existiesen ríos, los lagos, las montañas y las flores… pero antes de que se sembrara también con la humanidad una semilla de melancolía y otra, más grandecita, de poesía y soledad.

Eduardo Cano

Corporación Cultural ESTANISALO ZULETA