Cine en conversación, sesión agosto 31 de 2013

 

TÍTULO: HENRY V

DIRECTOR: KENNETH BRANAGH

GUIÓN: KENNETH BRANAGH (WILLIAM SHAKESPERARE)

PAIS: REINO UNIDO

AÑO: 1989                                              

DURACIÓN: 138 min.                                            

                                                                                         “Un reino como escenario, súbditos como actores y

monarcas como espectadores de la escena sublime.“

Esas palabras pronunciadas por el narrador, personaje que en la película sustituye al coro, resume el prodigio del arte, capaz de dar un vuelco a las rígidas y ancestrales jerarquías; en el teatro, el autor hace que sean los actores quienes tomen las riendas de los acontecimientos, representándolos sobre un tablado (o en los grandes salones de las cortes hace unos siglos) para criticar, enaltecer o mofarse de sus gobernantes.

Esta película cierra nuestro ciclo sobre el poeta inglés (1564-1616), curiosamente muerto un día después de su par en las letras castellanas, Miguel de Cervantes. Asistimos a una extraordinaria adaptación de otra de sus obras, esta vez, por el director norirlandés. Branagh no renuncia en su montaje a la teatralidad de la obra; los encuadres en espacios cerrados (los salones de la corte, las escenas en la taberna) semejan al reducido espacio de los tablados, pero también enfrenta exitosamente las escenas multitudinarias de las batallas. Producto de su ingenio es el narrador, un observador que nos introduce en los acontecimientos, permitiéndonos toma cierta distancia frente a los personajes.

Enrique V (ó Henry V) es un personaje singular, diferente de muchos de los dibujados magistralmente por Shakespeare; en su juventud se alejó de los rígidos cánones de su abolengo, compartiendo en las tabernas bebida y chanzas con sus súbditos. Eso le granjeó entre muchos la fama de joven disoluto. Una vez asumido el trono, no vemos en él la ambición de Macbeth, la venganza trocada en violenta ira de un Hamlet ni es víctima de los celos que enceguecieran a Othelo. Podría argüirse en su contra, la influencia que los ambiciosos clérigos que le rodeaban ejercían sobre él y que determinó su decisión de invadir a Francia, continuando así la larga sucesión de conflictos enmarcados en la conocida como Guerra de los cien años, que en realidad ocupó 116 en la historia de Inglaterra y Francia.

En una corte en donde las intrigas están a la orden del día, Shakespeare nos muestra la diversidad de motivos por los que un hombre va a la guerra; en el ejército de Enrique V se enlistan nobles con no muy “nobles” intenciones porque muchos sólo van en pos de un buen botín; hay caballeros y hombres de la plebe que lo hacen por amor a Inglaterra; en el clero, que no arriesga su pellejo, se perciben oscuros intereses que no alcanzamos a descifrar pero que le permiten ofrecer al Rey “riquezas no imaginadas por vuestra Alteza” si invade a Francia, y están los mercenarios para quienes una paga es suficiente para defender cualquier causa. Y del otro lado, encontramos personajes como el “Delfin” de la Corte Francesa, un joven arrogante e insensato, quien parece ver en la guerra una excitante aventura y por lo tanto, insta ardorosamente a su débil padre, Carlos VI, a combatir contra Inglaterra.

Otro aspecto que nos revela la obra tiene que ver con los códigos de guerra vigentes para la época, que a pesar de que intentan hacerla menos cruel, nos muestran las contradicciones que ofrecía el antiguo régimen respecto a la dignidad de que se debe investir a todos los hombres: se insta a no robar a los vencidos ni a las iglesias (un antiguo compañero de taberna de Enrique, es ahorcado por incurrir en ese delito); se debe permitir al enemigo recoger los cadáveres de sus muertos, aunque esto sólo se refiere a los nobles; los demás son combatientes “ordinarios” que no merecen el mismo tratamiento. De otro lado, las mujeres tampoco gozaban de protección y veíamos cómo los ejércitos se amenazan con arrastrar por los cabellos a las mujeres del enemigo si salen vencedores.

De Enrique V podríamos también decir que es un monarca “humano”; Hay gestos muy significativos en este personaje, como cuando se despoja de todas sus insignias de Rey para combatir codo a codo con sus súbditos; ante el ajusticiamiento de aquel camarada de juventud, que él mismo tiene que ratificar, lágrimas surcan su rostro; en bellos monólogos reflexiona sobre la condición humana, y concluye que sólo la pompa y el boato de la corte lo diferencia del pueblo; siente sobre sus hombres, como una pesada carga, la responsabilidad por los actos de los gobernados y la angustia lo abruma; “…¡Que eso recaiga sobre el rey! nuestras existencias, nuestras almas, nuestras deudas, nuestras desconsoladas viudas, nuestros hijos, nuestros pecados, ¡que el rey sea responsable de todo eso! Él a su vez, ha pasado la vida expiando los pecados de su padre, a través de la caridad con los menesterosos.

No ignora lo vano de su gloria, la traición y falsedad que le rodean encubiertas en la lisonja fácil; es consciente de que realmente está en desventaja frente al resto de mortales, cuyos sencillos placeres le están vedados; sólo le separa de aquellos el ceremonial, inútil condición que no podría curar su cuerpo enfermo. Frente a uno de sus soldados que duerme profundamente en vísperas de la decisiva batalla de Agincourt exclama: “…Yo sé, digo, tres veces pomposo ceremonial, que nada de todo eso, depositado en el lecho de un rey, puede hacerle dormir tan profundamente como el miserable esclavo, que con el cuerpo lleno y el alma vacía, va a tomar su reposo, satisfecho del pan ganado con su miseria…”

Pero también fue un hábil político que arranca a su rival, Carlos VI de Francia, una paz basada en el matrimonio con su hija Catalina de Valois, acuerdo que asegura la corona de Inglaterra y Francia para el hijo de esta unión. Es curioso ese deseo previo de ella de aprender la lengua de Inglaterra y parece sugerir una disposición al diálogo con el entonces enemigo de su nación. Y cómo no hablar de su capacidad del Rey como orador; la arenga que pronuncia ante su debilitado ejército, instándolos a dejar hasta su propia existencia en el campo de batalla y que coincide con el día de los santos Crispín y Crispiniano, es una bella y vehemente pieza retórica.

Destaquemos el uso que Branagh hace de los recursos cinematográficos con propósitos muy definidos: los encuadres de la figura del rey en la batalla, destacándolo unas veces para realzar su jerarquía o situándolo en el mismo plano de sus soldados para mostrar su condición de un rey trabajador. La música compuesta por Patric Doyle es el complemento ideal a lo largo del filme. Excelente también la ambientación y magistral la actuación de Kenneth Branagh como el Rey, actuando al lado de otra figura destacada del cine inglés, Emma Thompson. Ha sido pues un magnífico cierre para nuestro ciclo sobre William Shakespeare.

                  BEATRIZ FLOREZ

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