Aquel abril 18

Voz: Heiner Patiño y Letras: Periódico De la Urbe

Fue una inesperada tarde de miércoles. Cincuenta,

sesenta, tal vez setenta encapuchados se apostaron en

tres de las cinco porterías de la ciudadela universitaria,

atravesaron un microbús de la Universidad en

Barranquilla, y comenzó el jaleo. Papas bomba, caos

en las calles, gases, caos adentro. Era difícil estar, era

difícil salir. Un agente del Esmad perdió una pierna.

En cada uno de los que padeció esos momentos también

quedó una huella. Cuatro miradas.

 

1. Desde la licorera

Por acá eso empezó alrededor de la 1 de la tarde. Habían estudiantes por montones, era miércoles pero había mucha gente tomando ahí en las aceras y de repente empezó… Se escuchó que comenzaron a tirar papas y llegó el Esmad. Se pararon cinco policías, allí en la esquina del local y desalojaron la zona. Nosotros lo que hacemos siempre en esos casos es cerrar el negocio y a esperar mientras pasa o si vemos que está muy grave nos vamos. Ese día, decidimos irnos mejor porque estaba durísimo y volvimos a abrir a las 3 pero empezaron nuevamente las confrontaciones entre el Esmad y un montón de muchachos. Eso estaba muy fuerte. Se tiraban piedras, gases; una tanqueta se parqueó al frente y la gente corría o se quedaba lanzando cosas. Era muy impresionante porque se tiraban gases contra el edificio nuevo, ese de Ruta N. También llegaron muchos antimotines, nunca había visto tantos, y tampoco se habían acercado por estos lados. Un día normalmente, en la tarde, entre las 3 y las 6, nosotros vendemos entre 600 y 700 mil pesos, pero ya ve, ese día por los gases y todo, tocó cerrar y pues siempre se pierde mucha plata.

 

2. Desde el Esmad

Todavía olía a pólvora. En medio de la oscuridad nos tocó buscar más cilindros, de los de los extintores, que los están usando como bombas. Como minas. Ese día fue como una guerra. El tropel empezó como a las dos de la tarde. Pensé que era lo normal, una gente tirando petardos en la puerta de Barranquilla, pero no. Había un carro atravesado, tiraban bombas muy poderosas, no era el mismo tropel de siempre, se movían como una escuadra, muy coordinados. La cosa se puso fea cuando Rincón cayó herido. Le explotaron un cilindro y le volaron la pierna. A mí me dio más rabia que susto. Él, apenas de 26 años, con una familia bonita… Y no querían dejar entrar la ambulancia. Y lo peor: ¡se burlaban! No entiendo. ¿Qué piensa usted? Yo a veces me despierto pensando en él. Encontramos un explosivo grande y tocó detonarlo. Había que barrer la Universidad porque la abrían al otro día. Encontramos trincheras en los salones, con propaganda, explosivos, botellas, químicos, ropa abandonada, armamento artesanal, ácido muriático y mucha metralla. Todo estaba por ahí, escondido entre las matas, en salones, canecas de basura. Yo pensé que tal vez hasta podía haber por ahí alguna persona camuflada, por los lados del río, o por el Parque Norte, o en los edificios del frente. Dicen que a Rincón la pierna se la voló la metralla de un cilindro, como una mina. Está inválido, y ‘tocao’. ¡Es que se vuela cualquiera! Mi general nos alentó pero todos pensábamos en Rincón y la familia. Él que era todo alegre ¿ya qué va a pasar con él? Está mal. Nada le devuelve la pierna y quién sabe si recobra la mente.

 

3. Desde la vigilancia

A uno siempre lo cogen de quieto y lo único que se puede hacer es recoger las cosas rápido, encerrarlas y correr para donde no estén tirando papas ni gases, a veces nos quedamos por aquí cerquita mirando a ver qué pasa, pero cuando se pone muy pesado sí nos toca salir para la oficina. Ese día los capuchos solamente dañaron un teléfono pero cogieron de quieto al man de la buseta de Agrarias y le dijeron que se atravesara en la portería, me imagino que la parquearon ahí para que la tanqueta no se metiera. Ese muchacho estaba temblando, demás que pensó que la iban a quemar, casi que no se puede ir y eso que la cosa por este lado ya estaba calmada.

 

4. Desde el regreso

Pasó casi un año antes de que pudiera volver a mi Alma Máter. Estuve por fuera de ella debido a un intercambio académico. Regresé como una primípara, quería ver de nuevo la fuente, el verde de sus árboles, sentarme en sus corredores, caminar por los pasillos de mi facultad y reencontrarme con mis amigos. Pero no pude ni cruzar la puerta. Tan pronto llegué a la estación Universidad hacia la 1:30 de la tarde, me encontré con el sonido estridente de las papas bombas, que ese día se me hizo más intenso de lo que creía recordar. La curiosidad y la incredulidad frente a lo que veía hicieron que me quedara. Quería ver la reacción de la gente, la respuesta del Esmad, los movimientos de los capuchos, saber cuál era el motivo de los disturbios, esperar el momento en que terminara todo y me dejaran entrar por fin a mi U. Sin embargo, me quedaría con las ganas. Mi cuerpo seguía contrayéndose con cada explosión; llegaron los gases y no pude evitar las lágrimas, el ardor en la garganta; corrí de un lado a otro para evitar ser arrollada por la multitud. Al final, pensé que mi permanencia allí era una forma de alentar a los que usan las vías de hecho en nombre de una supuesta defensa de la universidad pública. Dejé de correr y caminé lentamente hasta encontrar la única entrada de la estación Universidad que hacia las cuatro de la tarde permanecía entreabierta y custodiada por policía y vigilancia privada. Tomé el Metro y miré desde las alturas el campus pensando que mi primer día de regreso en la U tendría que esperar.

 

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