Quejas de Menón por Diotima

Voz: Elizabeth Giraldo y Letras: Friedrich Hölderlin

1

A diario salgo fuera buscando siempre otro camino,

hace mucho he probado todos los senderos de la tierra;

visito allá arriba las frías alturas, las umbrías

y las fuentes; acá y allá yerra mi espíritu,

solicitando paz; tal huye el venado herido en los bosques,

donde al mediodía descansaba otrora seguro en la sombra;

pero ya no le reposa el corazón su verde yacija,

pues doliente e insomne la espina le hace dar vueltas.

No le socorre el día ni le sirve el frescor de la noche,

y en vano baña las heridas en el frescor del torrente.

Y así como en vano le depara la tierra su gozosa hierba

curativa, y ninguno de los céfiros calma su hirviente sangre,

oh amados, ¿también a mí me ocurrirá así, y nadie

puede quitarme de la frente el triste sueño?

2

¡Sí!, de nada sirve tampoco, dioses mortíferos, después

que sujetáis y domináis al hombre subyugado,

y que, perversamente, le hundís en la triste noche,

que se afane entonces, implore o se encolerice con vosotros,

o viva pacientemente en el terrible destierro,

y os escuche sonriendo vuestra canción sin alma:

“¡Si ha de ser así, olvida tu salvación, y duerme sin queja!”

Pero aún, pese a todo, brota en tu pecho un son de

[esperanza,

aún no logras, ¡oh alma mía!, no puedes

acostumbrarte, y sueñas en medio del férreo dormir.

No es tiempo de fiesta, pero querría coronar mis cabellos;

¿no estoy solo, pues? Pero un algo amistoso debe

Desde lejos llegar junto a mí, y debo reír, y asombrarme

De cuánta ventura encuentro aún en medio del dolor.

3

¡Luz del amor!, ¿también te muestras tú a los muerto, tú,

[luz dorada?

¿Imágenes de tiempo más claro, lucís para mí en la noche?

¡Amorosos jardines, montañas crepusculares,

Sed bienvenidos, y vosotros, silenciosos senderos del

[bosquecillo,

testigos de celeste ventura, y vosotras estrellas, mirando desde

[lo alto,

Que en otro tiempo me concedisteis miradas de bendición!

¡Y a vosotras también, amorosas hijas del día de mayo,

rosas tranquilas, y a vosotros, lirios, aún os nombro a

[menudo!

Pasan las primaveras, un año empuja al otro,

alternando y luchando, así muge el tiempo al fluir

sobre las cabezas mortales; pero no ante los ojos felices,

pues a los amantes otra vida les es concedida.

Porque todos los días y los años de las estrellas estaban,

¡oh Diotima!, en torno nuestro íntima y eternamente unidos.

4

Pero nosotros, felices juntos, como los cisnes enamorados

cuando descansan en el lago, o inclinados sobre las ondas

miran abajo el agua, donde se reflejan las nubes plateadas,

y el azul del éter se ve pasar bajo su bogar,

así íbamos por la tierra. Y aunque soplara el norte,

el enemigo de los amantes, deparando quejas, y cayera

el follaje de las ramas, y volara la lluvia en el viento,

reíamos tranquilos, sentíamos a nuestro propio dios

en la confiada charla, en un solo cántico de almas,

en plena paz con nosotros solos, infantil y gozosamente.

Pero ahora la casa me es extraña, me han quitado la luz de

[mis ojos

Y yo también me he perdido con ella.

Por eso ando errante, y como las sombras he de vivir, y sin

sentido me parece todo lo que queda.

5

Ir de fiesta querría, pero ¿para qué?, y cantar con otros,

Pero, tan solitario, me falta lo divino.

Esto es, tal es mi falta; ya sé, una maldición paraliza

mis músculos y me arroja a un lado, cuando me pongo a la

[obra,

para que insensible me quede sentado todo el día, callado

[como un niño;

tan sólo de los ojos me resbala la lágrima ya fría

y me nubla el verdor de las plantas del campo y el canto de

[los pájaros,

porque también son gozosos enviados de lo celestial,

pero en el pecho tiritante el sol animador,

frío y estéril se me ensombrece, como con rayos de noche,

¡ay! Y anonadador y vacío, como muro de cárcel, el cielo

suspende un peso inclinado sobre mi cabeza!

¡Oh juventud! que antaño conocí tan distinta.

 

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